📖 Contexto:
Cuando examinamos nuestras creencias, advertimos que mantenemos creencias diferentes con muy diferentes grados de convicción. Algunas —como la de que estoy sentado en una silla, o que 2 + 2 = 4— pueden ser objeto de duda por parte de muy pocas personas, salvo que cuenten con una larga práctica filosófica. Estas creencias se mantienen tan firmemente que a los no filósofos que dudan de ellas se les encierra en un asilo de lunáticos. Otras creencias, como los hechos de la historia, se mantienen tal vez con menos firmeza, pero todavía sin grandes dudas en lo fundamental si están bien autenticadas. Las creencias sobre el futuro, tales como las de que el sol saldrá mañana y que los trenes funcionarán aproximadamente como indica la Guía de Ferrocarriles, pueden defenderse con casi tanta convicción como las creencias sobre el pasado. Las leyes científicas son creídas generalmente con menos firmeza; y entre ellas hay una gradación desde las que parecen casi seguras hasta las que sólo tienen a su favor una leve probabilidad. Las creencias filosóficas, por último, ocuparán para mucha gente un lugar inferior, puesto que las creencias contrarias de otros difícilmente dejarán de suscitar dudas. La creencia, por consiguiente, es cuestión de grado. Hablar de creer, no creer, dudar y suspender el juicio como si fueran las únicas posibilidades es como si, de lo escrito en un termómetro, tuviéramos que suponer que caliente, templado, frío y helado son las únicas temperaturas. En la creencia hay una gradación continua; y cuanto más firmemente creemos algo, menos dispuestos estamos a abandonar la creencia en caso de conflicto. Tomado de: Russell, B. (2003). Ensayos filosóficos. Madrid: Alianza.
📋 Pregunta tomada del ICFES 2024 Calendario B
¿Cuál es el tema general del texto?